Claudia Erika Zenteno Zaldívar, defensora del medio ambiente, Xochimilco, México, D.F.

Claudia Zenteno vive cerca de la zona ecológica lacustre de Xochimilco, al sur de la capital de México. Al denunciar invasiones ilegales de construcciones y negocios en esta zona protegida, recibió amenazas y hostigamientos. Un familiar fue víctima de secuestro con la intención de poner fin a su activismo.

“Mi defensa se enfoca al rescate y protección de los Ejidos de Xochimilco y San Gregorio Atlapulco, área natural protegida ubicada entre Xochimilco, Milpa Alta y Tláhuac.

Creo que la gente tiene derecho a la vivienda pero no sobrepasando el derecho de los demás, ni deteriorando el entorno y afectando a las aves o a los árboles. Tenemos un círculo de vida y si no lo cuidamos vamos a exterminar a la humanidad. Por eso defiendo esto, porque en estos lugares llegaban pelícanos, garzas, loros, patos canadienses, golondrinas y, debido a este cambio paulatino y continuo, estas aves han migrado, muchas desgraciadamente ya no vienen. Estamos terminando con todo.

Decimos que los niños son nuestro futuro, pero no, ellos son nuestro presente, ya están viviendo estos cambios de clima. El futuro es más inmediato que esperar a que cumplan 18 años y puedan ejercer un voto.

Exige a las autoridades que actúen

para que México deje de ser uno de los países más peligrosos del mundo para las personas defensoras de derechos humanos.

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En 2007 empecé a visibilizar este problema. Una persona comenzó a limpiar una chinampa para que viviera su hijo, pero al poco tiempo empecé a ver tantas casas que me pareció una cuestión irregular. Cada vez que hacen puentes comprimen las chinampas, éstas dejan de ser zonas agrícolas y se vuelven urbanas, así los canales se van secando.

Cuando empecé la defensa no sabía las consecuencias que podría vivir, iniciaron descalificaciones, incluso clausuraron mi casa cuando la delegación determinó que tenía que derrumbarla. Algo tan simple como ir a la papelería, se convirtió en un riesgo. Incluso, cuando la delegación colocó una guarnición e intenté tomar fotos de eso, sólo pude salir de ahí cuando mi familia me rescató. Las represalias llegaron una tras otra: mi esposo quedó mal de un ojo, a mi hijo le abrieron la cabeza, a mi hija la atropellaron en una motocicleta

En noviembre de 2010 se llevaron a mi hijo nueve días, lo regresaron con heridas en el cuerpo, el brazo dislocado, leyendas en el estómago y la espalda; dejó de hablar y se cortó la mano. Fue en esa época cuando perdí mi trabajo, por quedarme en casa a esperar las llamadas. Las consecuencias rompen la estructura familiar, me dicen que ya no me meta, que por mi culpa, me cuestionan por qué defiendo esto.

Pese a que ya existe una denuncia, una sentencia y a tener a esta gente que me intimidó en la cárcel, sigo con miedo de que algún día me hablen y digan que se llevaron a mi hijo o que mataron a mi esposo. Han sido muchos años, trabajo y dinero, pues de lo que ganaba todo se iba a esto. La protección que he logrado me da fuerza para seguir en la lucha por los derechos ambientales, aunque parece invisible.

La autoridad tiene que hacer acciones claras y contundentes. Derechos Humanos me dio cabida en el Mecanismo de Protección federal. Inmediatamente vieron que mi caso era de un riesgo muy grande y el 5 de enero de 2013 me asignaron al personal que iba a estar cuidando a mi familia. Posteriormente, me tocó ir a Gobernación y exponer mi caso donde determinaron qué apoyo me otorgarían; desde entonces me han acompañado.”

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