Irina Layevska es asesora, educadora y defensora de la igualdad de género y de los derechos de la comunidad de la diversidad sexual, en México D.F.

Ha enfrentado diversas formas de discriminación y violación a sus derechos debido a su historia política, su discapacidad física, su orientación sexual y su identidad de género, al vivir un proceso de reasignación sexo-genérica. Acompaña y asesora a Intersindicalistas, un colectivo formado por trabajadoras de taquilla del metro de la ciudad de México. Fue candidata a la Presidencia de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal en 2013.

 

“Mi nombre es Irina Layevska Echeverría Gaitán y pertenezco al Partido Revolucionario de los Trabajadores desde hace casi 30 años.  Trabajo en la UNAM y acompaño a un colectivo de trabajadoras de taquilla del metro de la Ciudad de México. Comencé mi trabajo de defensa como asesora política. Mi trayectoria en la lucha social y de izquierda me ha permitido darme cuenta de las violaciones a los derechos humanos en México.

En mi propia experiencia viví diferentes violaciones a mis derechos cuando comencé mi proceso de reasignación sexo-genérica. Actualmente vivimos en una sociedad patriarcal, falocéntrica y machista; en un sistema de discriminación basado en el sexo que privilegia lo masculino, en el cual yo al “renunciar” al sexo masculino, “renuncié” al derecho de contar con una identidad jurídica conforme a mi identidad de género. ¡Era una mujer indocumentada en mi propio país! Caí en pánico, desamparo y agresiones de terceras personas, por eso acudí al CONAPRED.

Exige a las autoridades que actúen

para que México deje de ser uno de los países más peligrosos del mundo para las personas defensoras de derechos humanos.

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Mis agresores eran mis vecinos, quienes incluso me retaban a golpes: “párate de esa silla si tienes tantos huevos” me gritaban. Una vez puesta mi denuncia, la CONAPRED les mandó un citatorio informándoles mi nombre y el proceso de cambio de género en el que me encontraba. Lejos de parar las agresiones, éstas continuaron. Intenté denunciar la discriminación ante el ministerio público, pero cuando el burócrata vio mi identificación oficial, me sacó de su oficina y me dijo: “no tiene nada que denunciar, a usted no lo discriminaron, si usted quiere que lo traten bien, vístase correctamente”. Entonces acudí a La Jornada y después de un artículo publicado por el periódico, se lograron algunos cambios.

En aquel periodo existía ya un procedimiento ante el registro civil de rectificación de acta de nacimiento, sin embargo, dependía del criterio del juez la aprobación de cambio de nombre, pero de sexo nunca. Por ese tiempo impartí algunos talleres a diputados y a receptores de quejas del CONAPRED para actualizarlos sobre las nuevas legislaciones. Así inició la ley para el levantamiento de acta por la concordancia sexo genérica en 2008. El problema: el sistema de salud pública del D.F. no consintió asumir los gastos clínicos, psicológicos y hormonales del proceso de reasignación de sexo. Al final, la ley se convirtió en un negocio para un grupo de abogados que cobran $60 mil pesos por llevar un juicio que de acuerdo con la normatividad debería ser gratuito.

 

En mi vida personal, me he enfrentado a la insensibilidad por parte de las autoridades así como a las deficiencias estructurales para combatir la discriminación. Donde vivo no existían accesos para personas con discapacidad, hay banquetas de hasta 40 cm de alto. El administrador en turno me sugirió poner una rampa de 7m de largo en un jardín trasero, para no “afear” la fachada. Una vez que comencé la construcción, me demandaron ante la procuraduría social por invasión de área común, presentado también las firmas de 150 vecinos en mi contra. La multa ascendía a 500 días de salario mínimo.

Sé que no vivo discriminada por mi discapacidad física, a lo mucho me vuelvo invisible. Si no te ven, no te agreden, pero el cambio de sexo no es tolerado, condición que parece “justificar” la violencia por parte de terceros. Vivo con una migraña permanente, colitis que se me disparó de manera exponencial debido al estado de tensión constante en el que vivo, también tengo problemas de sueño.

He aprendido a darme permiso de tener miedo, los súper héroes no existen, he aceptado que el miedo me brinda la oportunidad de protegerme. No tengo contacto con mi familia, mi proceso provocó el distanciamiento total y tajante con ellos. La discriminación, las agresiones y burlas de mi familia, de mi papá, de mis hermanas, de mi mamá, me llevaron a un rompimiento absoluto.

Yo quiero una sociedad mejor, que cuide y proteja los derechos que por naturaleza tenemos. Un derecho no se nos regala, no se compra, no se vende, se ejerce pero para eso hay que cambiar cosas, educar gente, instituciones, y funcionarios, hay que picar piedra.”

 

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